Agua de Dios, los recuerdos del dolor de la lepra
9 Comments Published by Admin on 14.3.08 at 9:39 p. m..Los padres recibieron con horror la noticia: Gustavito, con tan solo cinco años de edad, sufría del Mal de Lázaro. Esa noche lloraron desconsolados y no lograron conciliar el sueño.
El padre, inspector de higiene en Guaca, un pueblo ubicado en los calores intestinos de Santander (Colombia), usualmente tenía que denunciar a todos los que sufrieran este terrible mal por ser posible foco de transmisión de esta terrible enfermedad, anunciada pretéritamente por la Biblia como una plaga. Esa condición dejó al pobre padre en un dilema, que rápidamente terció a su conveniencia: Esconderían al niño en una casa a cuatro kilómetros de la cabecera. Allí lo cuidarían.
La historia de Gustavo no nace de la fantasía kafkiana ni de la literatura realista francesa y ni siquiera de los terribles relatos de la Inglaterra que ingresaba a la fuerza en la Revolución Industrial. Historias como la de este niño, que a los siete años fue obligado a ser recluido en el lazareto de Agua de Dios (Tolima), se repitieron por puñados en cientos de familias en toda Colombia en una de las épocas más oscuras que la doble moral haya tolerado.
Hacia 1870 fue creado un auténtico campo de concentración en las cálidas tierras del Tolima de Cundinamarca, cerca a Nilo, en los predios de una finca que le perteneció al ex presidente Manuel Murillo Toro y que le fueron compradas para este propósito por la Beneficencia de Cundinamarca. Para entonces y desde mucho antes, la lepra era considerada una enfermedad irreversible, mortal y peligrosamente contagiosa. Por esa razón, los leprosos eran considerados portadores de la desgracia y eran obligados al ostracismo de una sociedad intolerante e ignorante. Aquellas familias a las que se les descubría que tenían un familiar con síntomas de lepra se les conminaba a denunciar a ese miembro como si fueron victimarios. Los enfermos tenían que ser recluidos en los dos lazaretos que tenía Colombia: Agua de Dios y en Contratación (Santander), creado en 1860.
Los enfermos eran separados a la fuerza de sus familias y condenados a la putrefacción en vida en un ambiente hostil donde solo se tenían entre ellos como respaldo, y sin mayor amparo científico (con las honrosas excepciones de los padres salesianos y otras monjas que llegaron a auxiliar la vida de quienes allí residían, más con un soporte espiritual que con las poco efectivas unciones con aceite de chaulmugra). La segregación llegó a tales extremos que en una época se les prohibió recibir visitas del exterior del predio (vigilado desde el interior del cerco de alambre de púas por una guardia de ‘policía’ de leprosos) y salir a otras poblaciones. Pero no siendo pocas esas restricciones, las autoridades crearon la ‘Coscoja‘, una moneda que solo podía circular dentro de Agua de Dios y que tenía una equivalencia de 1-1 con el peso colombiano y de esta forma se evitaba que el dinero fuera un vector de transmisión del bacilo de Hanssen. A su vez, adentro, el peso no tenía ningún valor dentro del gueto.
Así las cosas, centenares de personas de todas las clases sociales y poderes adquisitivos llegaron a estas dos poblaciones para terminar allí sus vidas, así algunos de ellos fueran solamente niños. En uno de estos lazaretos terminaron sus vidas intelectuales como Adolfo León Gómez y el maestro Luis A. Calvo, para mí, uno de los mejores compositores en la historia de la música colombiana y que llegó a Agua de Dios, ya enfermo, a seguir enseñando piano a los jóvenes. Allá escribió un verso en su canción Tu y yo, que da cuenta de su profunda depresión:
Vos vivís en la luz perfume respirando Y sois naciente aurora y yo postrer fulgor.
Adiós por siempre, adiós, digámonos callando, Pues yo soy el pesar y vos sois el amor…
Con el paso de los años, a las familias se les permitió pasar más allá del ‘Puente de los Suspiros’, el vetusto armatoste que separaba la vida de la vivos de la vida de los muertos en vida. Algunos se instalaron en alguna de las 40 casas con las que se creó el pueblo y así acompañaron a sus familiares hasta que estos murieron. Se sabe que en algunos casos, los enfermos de lepra fueron los sobrevivientes de sus familias y los ’sanos’ murieron antes. Y no de lepra. Realmente, la lepra es de muy difícil transmisión y según la Organización Mundial de la Salud, a lo largo de los últimos 20 años, más de 14 millones de enfermos de lepra se han curado, de ellos unos 4 millones desde el año 2000.
Hace unos días vi el documental Agua de Dios, los recuerdos del dolor, de la estudiante Jéssica María Blanco Polanía, como parte de su trabajo de grado como comunicadora social. Allí me encontré con la historia de Gustavo y con otras, muy bien tratadas, que realmente cuentan cómo este país le ha cobrado demasiado a los inocentes por culpa de la ignorancia y la doble moral. ¿Cuántos guetos seguiremos creando supuestamente para la defensa de las poblaciones vulnerables?
Ver más en ¿Comunicación? - Blog de Víctor Solano.



